Pothook
Los invito a Retar a alguien en un duelo artístico. El ganador obtiene insignias especiales
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» Mi primer pots
Hoy a las 10:17 am por Kuroneko

» Hola gente, Alexcloud se presenta
Hoy a las 10:15 am por Kuroneko

» This is another world
Hoy a las 9:55 am por alexcloud

» Opiniones Por Favor
Ayer a las 10:35 pm por keyliom

» Speedpaints
Ayer a las 10:30 pm por Jegarwoods

» Inicio del concurso SMB
Ayer a las 9:42 pm por Editor en Jefe

» ¿Alguien aquí usa o quiere probar el Clip Studio Paint?
Ayer a las 9:33 pm por Lilum

» Revista Pothook #22
Mar Oct 17, 2017 10:54 pm por Editor en Jefe

» 1 de Noviembre...
Mar Oct 17, 2017 10:48 pm por Editor en Jefe

Los posteadores más activos del mes
Kuroneko
 
creep01
 
Editor en Jefe
 
Lilum
 
keyliom
 
Shantokar
 
Ritsu
 
Jegarwoods
 
Monti Oda
 
X_Raider
 

Twit-Pothook
Face-Pothook
Redes Pothookeras



Sujeto Nº12 (3/3 completo)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Sujeto Nº12 (3/3 completo)

Mensaje por Inactivo el Mar Ago 09, 2016 12:21 pm


Me dio pereza corregir, seguro hay varios errores. La historia es vieja.
Lo más destacable, aunque no del todo importante para el desarrollo de la historia, es que en parte del Cap 1 y  2, el rango del Coronel Miller debería ser Comandante, ya que asciende luego de la huida del Sujeto Nº12 (en algunas partes puse Comandante y en otras Coronel, por las prisas Razz ).



Cap 1:


Capítulo 1: Ansias de más

¿Han pensado alguna vez en el límite de la imaginación? ¿En el poder de la mente para crear o recrear imágenes y objetos? Es fascinante el solo hecho de saber que, en los sueños, un universo entero puede esconderse… o escurrirse, por los recovecos indefensos e incontrolados de nuestra psiquis, alcanzando así nuestro mundo. La fantasía es la frontera inalcanzable, es ese punto que, cuando creemos que lo hemos visto y hecho todo ya, abre nuestra mente a un nivel tal, que nos damos cuenta de que aún no hemos descubierto nada…

Dr. Pedrelli Adriano – Dic/1957

----------------------------------------------------------------------

Planilla de estudio – Programa “Soldado Psíquico”
Acceso autorizado: Dr. Pedrelli Adriano.

Sujeto de estudio: Gryson Alan
Edad: 7 años
Fisonomía: Delgada, débil.
Cabellos: Castaño claro. Corto.
Piel: Tez clara, pálida.
Estado de Salud física: Estable.
Estado de Salud mental: *Bajo tratamiento*.
Ubicación: Ala norte, pabellón N-3

Observaciones:
Claros desórdenes cognitivos, que se agudizan con la fatiga.
La percepción de su espacio circundante está alterada.
Mantiene conversaciones consigo mismo, como si hablara con otras personas.
Se presume esquizofrenia, aunque los síntomas no son concluyentes.
El tratamiento con Clorpromazina dio resultados poco favorables.

----------------------------------------------------------------------

—Hola, Alan, ¿Cómo te sientes hoy?
—Los medicamentos me hicieron vomitar. No quiero volver a tomarlos —reclama el niño, sollozando.
—Son necesarios para tu tratamiento, no puedes dejarlos. Cuéntame, ¿sigues escuchando voces?
—Sí…
—¿Qué te dicen? Dime, me interesa saber —pide amigable, el doctor, tiene en sus manos una libreta y una pluma.
—Que los deje pasar, que ellos me ayudarán…
El doctor se rasca la barbilla, pasa la hoja, no deja de tomar notas.
—¿Quieres intentar el examen de nuevo? Te prometo que si lo haces bien, no te daré medicinas hoy.
Los ojos del niño se encienden, como si fuese víspera de navidad.
—¡Sí! —responde entusiasmado— Lo haré bien señor, lo prometo.
—Buen muchacho —el Doctor pasa su mano con la delicadeza y dulzura de un padre, por el cabello trigueño del niño. Es un buen chiquillo; ha sufrido mucho. Pero todo es en pos del país, en alas del descubrimiento, del mejoramiento armamentista. El gobierno americano lo necesita, ahora más que nunca. Con su ayuda, las bombas atómicas de la URSS serán simples juguetes. Él no lo sabe, pero es la herramienta más poderosa con la que cuenta USA en estos momentos.
El recorrido es ya conocido por ambos, el Doctor lo ha transitado con muchos otros niños que prometían y fallaron; Alan, único restante de la extensa lista, ya lo ha caminado tantas veces que podría andar con los ojos cerrados. Lleva meses allí, cautivo, apartado de su familia. Prueba tras prueba, a la vez que su habilidad crece, su salud se deteriora de forma notoria. Está delgado, le cuesta permanecer en pie por mucho tiempo, se fatiga con facilidad.
Es primordial alcanzar el límite deseado antes de que le sujeto de pruebas sucumba, para poder comenzar con los estudios genéticos, aislar el gen y posteriormente experimentar con él. La condición de Alan Gryson es única en su tipo.
—Comenzaremos con lo básico, Alan, ¿Estás preparado?
El niño asiente con la cabeza, está sentado en una habitación totalmente blanca, de paredes lisas, sin puerta visible, donde solo hay dos sillas, usadas por el doctor y él, y una mesa de metal. Hay pequeños puntos plateado en el techo, a intervalos regulares; son cámaras que captan todo lo que sucede en el interior del habitáculo. No hay forma de salir, salvo que abran desde afuera.
Alan cierra los ojos, la mesa se tambalea, comienza a moverse en pequeños círculos, finalmente se para en una pata y comienza a girar como una peonza, lento.
—Haz que acelere, tanto como puedas.
La mesa comienza a girar, el aire silba entre sus patas, sin perder el perfecto equilibrio.
—Más.
La mesa se eleva un poco del suelo, gira de manera tal, que ya no puede distinguirse su forma, es un rombo, casi sólido, da la impresión de que puede tocarse y que la superficie es suave al tacto. La imagen del Doctor casi puede verse reflejada, como en un espejo. El vórtice de aire generado hace que todo el aire en la habitación gire con la velocidad de un pequeño huracán; el doctor sonríe.
—Más.
El silbido es ahora un chillido cada vez más y más agudo, casi ultrasónico. De repente la mesa colapsa. El estallido provoca una pequeña sorpresa en el muchacho, que abre los ojos. Las esquirlas de metal están contenidas, flotan en el aire inofensivas, alrededor de ambos.
—Excelente trabajo, Alan —el Doctor no deja de anotar todo, mientras el viento cesa súbitamente, obstruido por el millar de esquirlas que flotan—. Ahora quiero que la reconstruyas.
Cada pieza toma un lugar específico, es un enorme rompecabezas, pero las partes encajan rápido, en cuestión de segundos la mesa está reconstruida. Un resplandor fugaz, metal fundido; la mesa está como nueva. Mejor aún que nueva, las marcas de fatiga del metal ya no están, ni raspones, ni manchas, ni oxido; el metal está nuevo.
—Hoy —dice mientras toma algo de su maletín—, hoy quiero que intentes algo nuevo, Alan. ¿Te gusta dibujar?
—No sé hacerlo, señor.
—No importa, haz lo que puedas —dice complaciente, extendiéndole al niño una pequeña libreta y un lápiz 2HB —. Dibuja lo que quieras. Dime ¿Deseas algo en particular?
—Volver con mis padres…
—Ya hablamos sobre eso, Alan. Todo a su debido tiempo. Primero deberás ayudarme. ¿Te gustan los perros?
El muchacho asiente tímido. El Doctor le indica que proceda.
Alan se acerca a la mesa, sus trazos temblorosos comienzan a delinear la figura de algo canino. Su diseño no es el mejor, sin embargo con bastante imaginación, se podría decir que lo que estaba retratado en la libreta, era un perro.
—Bonito.
El muchacho entrecierra los ojos, algo lo molesta, se tapa los oídos. Mira al Doctor, este no deja de tomar notas, cada acción y reacción del niño quedan plasmadas en su libreta.
—¿Te están hablando otra vez?
El niño asiente.
—¿Qué quieren?
—Que los deje pasar…
El Doctor Pedrelli toma la libreta, arranca cuidadosamente la hoja y guarda la libreta junto con el lápiz en su maletín. El dibujo permanece en la mesa, reposando inerte sobre la superficie metálica. El hombre toma lugar detrás del muchacho, observando meticulosamente todo. El niño sigue mirando el dibujo, sus muecas indican molestia, quizás dolor.
—¿Estás bien?
—No, me gritan…
—¿Quieren pasar?
El niño asiente.
—Ese perro se ve feroz, tiene grandes colmillos —indica.
—Está enfadado.
—¿Por qué?
—¡Porque no lo dejo pasar! —El niño se toma la cabeza, asume una posición fetal en la silla, con su cabeza entre las rodillas.
**¿Todo está en orden?** La voz del comandante Miller, por el transmisor que lleva Pedrelli en su oreja izquierda. El Doctor mira a las cámaras del techo, haciendo un gesto con el pulgar, "todo Ok".
—No dejes que te atormenten, están en tu cabeza, tú los controlas a ellos. ¿Quieres volver a tomar medicamentos?
—¡No!
—Entonces deja de comportarte como un niñito de mami —le susurra al oído—. ¡Pelea!
—¡Son muchos y no se callan!
—Usa al perro, haz que se mueva, que ataque a tus agresores.
Alan se voltea, sus ojos anegados en lágrimas, niega rotundamente.
—Hazlo, o duplicaré tu dosis de Clorpromazina. ¿No entiendes lo que está en juego aquí, Alan? ¿Quieres irte a casa? Entonces haz lo que te diga, obedece sin reproches, sin dudas.
El rostro del pequeño es el de una estatua de mármol, blanca y congelada en una sola expresión. El pavor del muchacho a las voces rivalizaba con el miedo al sufrimiento provocado por el tratamiento médico. Voltea, lento, muy lento, y mira el dibujo. No cierra los ojos, esta vez mira fijamente el papel. La figura inanimada plasmada en la hoja no se mueve. Pasa casi un minuto, y todo sigue igual.
—Vamos, regresemos a la habitación. Me has defraudado.
—¡No, usted no entiende! —grita el niño, su mirada suplicante como la de un cachorro.
El Doctor se acerca al muchacho y pone una mano sobre su hombro.
—Ordénale a ese perro que se levante, en este mismo instante, ¡Hazlo!
**Doctor, está yendo demasiado lejos, lo que pide no tiene sentido. Incluso para alguien como él.**
—Ya lo ha hecho antes —dice mirando a las cámaras—, los conejos de madera, las lombrices de cordones, el ave de papel.
**Objetos, Doctor, objetos. Pero ahora le está pidiendo que anime un dibujo. ¿Ha perdido usted la cabeza?**
—Posee múltiples personalidades, puede canalizar una de ellas en ese dibujo, quiero que lo intente —miró al muchacho—. ¡Dale vida a ese dibujo!
El niño comienza a llorar.
—No… usted no entiende…
—Lo entenderé cuando lo vea, créeme. Ahora haz lo que te digo ¡Hazlo!
**¡Deténgase, Doctor, se está extralimitando!**
—¡Hazlo!
**Soldados, entren a sacar al Doctor y a ese muchacho**
—Ya vienen los soldados, Alan —dice arrancándose el transmisor— ¿Sabes lo que nos harán? ¿Lo sabes? ¿Acaso has vuelto a ver a algunos de tus amigos? ¡No, porque están muertos! ¡Los que no sirven son eliminados! ¡Hazlo, Alan!
—¡No!
—¡Hazlo!
Las puertas se abrieron con un sonoro estrépito, cinco soldados armados entraron apuntando al Doctor. Este levanta las manos y retrocede unos pasos.
La hoja de papel comenzó a flotar, todo en la habitación se detuvo por un segundo. Un destello y a hoja ardió en llamas, tan brillantes como si del sol se tratase. Un sonido agudo, animal y a la vez mecánico, como piezas de metal frotándose entre sí, se oyó. Al recobrar la visibilidad, pudieron observar el resultado del extraño fenómeno: el can dibujado por el muchacho estaba ahora sobre la mesa; gruñía de forma antinatural. Casi no parecía estar ahí, su cuerpo, los trazos temblorosos del niño, eran como partículas flotando en el aire, entre este mundo y otro, apareciendo y desapareciendo mientras recorrían la figura difusa, y ahora tridimensional, de la bestia. Era mucho más grande que el dibujo original, tenía casi un metro de alto, y casi metro y medio de largo.
**Qué demo… ¿Qué es eso? No dejen de apuntar, si se mueve de manera hostil, abran fuego**
El animal observó al muchacho, y bajo apenas su cabeza, como si le agradeciera.
Saltó sobre uno de los soldados, sus dientes destrozaron el chaleco antibalas como si fuese de agua. Sus colmillos atravesaban el material sin recibir oposición alguna, mientras este se apartaba al paso de los dientes. El soldado cayó en piezas sangrantes antes de poder disparar siquiera.
**¡Fuego, fuego, fuego!**
Alan se cobijó bajo el abrazo protector del Doctor Pedrelli, mientras los soldados baleaban al engendro. Los proyectiles atravesaban el suave material que lo componía, desgarrándolo en partes. El material desprendido se desvanecía en el aire, como consumido por un fuego invisible, hasta desaparecer por completo. Pero los huecos en la bestia se cerraban con suma presteza, casi al instante. La munición de las  ametralladoras se agotó pronto, sin lograr hacer retroceder al embravecido animal. Los cinco soldados perecieron sin remedio, pero una docena más llegó a la habitación.
La bestia fue sometida finalmente, tras recibir más de cuatrocientos disparos, el extraño material que la formaba desapareció, sin dejar rastro.
El saldo final fue de quince bajas.
—¡¿Pero en qué demonios estabas pensado?! ¡Maldito lunático! ¡Esa cosa mató a más de una docena de mis hombres! —el comandante Miller está furioso, totalmente fuera de sus cabales— ¡Estás despedido, ¡Largo de aquí!
—Despedido ¿Acaso es ciego? ¿No vio lo que logré?
—¡¿Qué logro?! ¡Matar a los nuestros, eso logró!
El doctor ríe con desdén.
—Claro, los ciento ochenta y cinco cadáveres de niños cremados antes de encontrar a Alan, no son nuestros, son rusos… ¿Cierto?
—Tenga cuidado con lo que dice, Doctor. Está pisando suelo cenagoso.
—Le teme a lo que no comprende, y es normal. Pero con mi ayuda, podremos poner bestias como esa en el campo enemigo. ¿No lo ve? Un solo pasajero, en un avión comercial. Llega a Rusia, y con solo dibujar, crea un ejército que doblega a la unión soviética en un santiamén. El poder de este niño, es impresionante. Su telequinesis, es capaz de controlar objetos, con una simple orden. Me contrataron para esto, Coronel, no se retracte solo por algunas bajas en sus filas, el fin justifica los medios. Los ciento ochenta y cinco niños muertos para encontrar a Alan son prueba de ello.
El coronel sopesa las palabras del Doctor, en cierto modo tiene razón, se ha derramado bastante sangre para llegar a este punto, ¿qué son unas gotas más sobre un suelo ya teñido de rojo?
—Su telequinesis no se supone que haga lo que hizo. Eso… eso no era de este mundo.
—Quizá, no lo sé aún. Pero eso es lo que hace a Alan tan especial ¿No cree?
—Habrá más seguridad la próxima vez, Doctor…
—Eso espero, Coronel, y con más munición…

Cap 2:


Capítulo 2 - El precio de la locura

------------------------------------------------------------------------------------

Actuando en el sentido más propio del ser humano, la actividad egoísta y pragmática suele ser reiterativa; casi esencial. Pocos son los que sueñan con algo que no existe, y luchan hasta convertir el sueño en realidad. Son dementes aquellos que van en contra de su naturaleza, pero de su mano viene el progreso, la superación, el dominio sobre el medio ambiente y la materia.
La locura, es solo el reflejo descontrolado de la faceta creativa el hombre. El motor que impulsa cada descubrimiento, la imaginación, puede no siempre jugar a favor de uno. Puede incluso abrir puertas que, tras su umbral, jamás deberían llegar las miradas curiosas.

Dr. Pedrelli Adriano - Feb/1958

------------------------------------------------------------------------------------

—¿Está listo ya el análisis de los gases?
—Si Señor —responde un ayudante de laboratorio, en sus manos lleva un pesado manojo de papeles—. Pero son… bueno, véalo usted mismo.
Pedrelli observa con atención, su frente se arruga en un gesto obtuso, mezcla de frustración y asombro. El análisis no muestra lo que él esperaba.
—¿Cómo es posible? Todos lo vimos. Estaba ahí ¡Vi esa condenada cinta más de cincuenta veces!
—No hay rastro alguno de materiales fuera de lo común. El aire está relativamente limpio, exceptuando los restos dejados por los disparos.
No hay errores, Pedrelli repasa los resultados una y otra vez, son correctos, no hay evidencia alguna de que esa extraña criatura haya estado ahí. En los cuerpos de los soldados tampoco se pudo hallar algo. El material del que se componía el animal, simplemente desapareció.
Las pruebas están suspendidas, desde el mes pasado Alan está bajo observación, su condición no mejora. Cada prueba desgasta la salud del niño de manera irreversible, el descanso logra apenas estabilizarlo, más no recuperarlo. Cada día parece más distante, parece perderse más y más en ese mundo que en su mente crece y lo absorbe. Las voces, lo asedian cada instante del día; solo pararon tras la liberación del can, por unos días.
Es martes siete de Enero, año 1958. Pasaron casi 3 semanas desde el incidente. Las pruebas deben seguir, la guerra no espera a nadie. La unión soviética también se prepara.
—Alan, ¿cómo estás hoy? —el Doctor está en la habitación del muchacho; siempre con la libreta y una pluma en sus manos, tomando notas de cada movimiento.
—Mejor, creo —miente, no está mejor, apenas puede sentarse en la cama.
—Ha pasado tiempo, debemos retomar las pruebas.
—No quiero seguir—ahora es sincero.
—No tienes elección… ven, hoy iremos a un nuevo lugar. Han preparado una sala más grande y mejor equipada para tus pruebas.
—¿Cuándo podré irme a casa?
—Pronto, ya casi terminamos. Tus resultados son excelentes, mejores de lo que cualquiera podría haber imaginado siquiera —el Doctor abre la puerta, se encamina en dirección a un pequeño vehículo motorizado—. Es lejos, sube, debemos ir hasta el pabellón N-1 —hay soldados también en el vehículo.
El recorrido dura varios minutos, las instalaciones subterráneas pueden ser más grandes de lo que aparentan. Son laberínticas estructuras, que descienden hasta profundidades increíbles para un niño de tan tierna edad. Alan permanece sentado, observando los nuevos pasillos por donde es transportado.
Frenan, han llegado, pero no están solos.
—Comandante Miller, ¿Qué significa esto?
—Doctor Pedrelli, quiero presentarle a la Doctora Jessica Stroud.
—No necesito asistentes, gracias —Pedrelli intenta avanzar, pasando por alto la mano extendida de la Doctora, pero el Coronel y su acompañante no se apartan.
—Doctor, ella no será su asistente —ríe—. Es psicóloga, y trabajarán en conjunto desde ahora.
—¡He llevado este experimento desde el inicio, solo, con resultados asombrosos! No necesito…
—Me da igual lo que necesite o lo que quiera, estamos a punto de lograr historia, no voy a dejar nada a la suerte. Por otro lado, las órdenes vienen de arriba, no son cuestionables, Doctor.
Algo anda mal, el Coronel trama algo. La nueva Doctora tiene un parecido extraordinario con la madre el muchacho. Acaso el Coronel intenta crear lazos entre ellos, ¿pero con qué objeto? ¿Desplazar a Pedrelli? Es ridículo.
—No te molesta que ella los acompañe, ¿verdad pequeño? —es la primera vez que el Coronel le habla así al niño, la primera vez que no lo trata como a una simple rata de laboratorio.
El niño mira embobado a la sonriente doctora, niega con la cabeza; claro que no le molesta, es lo más parecido a su madre que ha visto en meses.
—Entonces los dejo trabajar, Doctores. El "Tío Sam" espera muchos de ustedes, y lo espera pronto.
El Doctor Pedrelli se acerca y lo toma fuertemente del brazo. Le habla en voz baja, pero con tono severo.
—¿De qué se trata, Coronel? ¿Qué intenta hacer?
—Solo sigo órdenes —dice apartando bruscamente su brazo del agarre del Doctor—. Algo que usted debería aprender a hacer.
—Vamos, Alan, me muero de ganar por ver que puedes hacer.
"No sabes lo acertada que eres" Piensa Pedrelli.
Alan toma la mano que le extiende la Doctora Stroud, con firmeza, como si temiera que ella lo dejara.
La habitación tiene casi el mismo mobiliario que la anterior, una mesa y tres sillas esta vez. Las paredes blancas tienen numerosas marcas rectangulares y cuadradas, del tamaño justo para dejar pasar el cañón de un arma. El Coronel ha preparado bien el recinto, no ha dejado nada a la suerte. También hay cámaras en las paredes laterales, y tubos de succión, como pidió el Doctor Pedrelli, para un análisis casi inmediato del aire y los posibles residuos dejados por esas criaturas.
La Doctora toma asiento, justo frente al niño. Toma una libreta de su maletín, y un lápiz.
—¿Quieres dibujar?
El niño la mira confuso, asustado; aún recuerda lo que pasó la última vez: los gritos de dolor de los soldados siendo destazados por ese can. No quiere revivir la escena. Niega con la cabeza.
—Intentemos con algo más simple primero —interrumpe Pedrelli—. Qué tal si haces que el lápiz flote.
—Eso es demasiado simple.
—Pequeños pasos, Doctora, así es como he llegado hasta aquí, con pequeños pasos…
Alan obedece, el lápiz flota sin resistencia sobre la libreta.
—¿Lo ve?
La Doctora mira con desprecio al hombre, nunca le ha caído bien, ella ha seguido toda la investigación, desde hace más de 2 años. El actuar de Pedrelli siempre le pareció barbárico, pragmático, fatalista. Los niños podrían haber sido devueltos.
—¿Aún funciona la excusa de una enfermedad incurable para raptar niños de las escuelas, Doctor?
—Ya no usamos más niños, Alan es todo lo que buscábamos. Y nunca inventamos nada, hay patrones que determinan enfermedades peligrosas para su salud y la de los que los rodean. ¿Por qué lo pregunta?
—Solo busco iniciar una conversación.
—Estamos trabajando, podemos hablar luego… además, no creo que ese tema sea el adecuado para hablar aquí.
—¿Por qué no? ¿Teme por la estabilidad mental del muchacho? Alan ¿Sabes que no estás enfermo? ¡Nunca lo has estado!
—¡Doctora!
—Si estoy enfermo… —el niño sorprende a ambos con esa respuesta —. Mi mente, no funciona bien, no es como la de los demás niños…
—Alan…
—Doctora, déjelo en paz. Sus comentarios no ayudan en nada.
El lápiz cae, el niño pierde concentración, su mirada está perdida en el vacío.
—¿Alan? ¿Son las voces?
El niño no se mueve.
La Doctora observa a Pedrelli, está preocupada.
—Ya no deberían medicarlo.
—No lo hacemos, he tirado todos sus medicamentos, le prometí que lo haría. No sufre de esquizofrenia. Su problema es mental, pero no de ese tipo.
El lápiz se alza nuevamente, recto, perpendicular al papel. Comienza a hacer trazos sobre la libreta.
—¿Qué hace? —la Doctora se levanta, retrocede unos pasos. Reconoce el preludio del desastre.
—Hace lo que las voces le piden —la respuesta fría del Doctor no es de ayuda. Sigue tomando notas, nunca deja de hacerlo.
**Armas listas** La voz del Coronel.
Las trampillas en los muros se abren, veinte cañones de ametralladoras apuntan en dirección a la mesa. Los espacios irregulares entre ellos evitan que se apunten entre sí, pero las personas dentro de la habitación se encuentran en la línea de fuego.
—Espero que esté contenta, Doctora. Sus palabras lo desestabilizaron.
—¿Qué hace? ¿Por qué dibuja? ¡Alan, detente! ¿Me escuchas? ¡Deja de dibujar, hoy no haremos esa prueba!
El Doctor Pedrelli se aleja, la zona segura está en la esquina derecha de la habitación. Sigue observando, tomando notas, indica a las cámaras que accionen los ventiladores; es imperativo recolectar las muestras de gases mientras el ente esté ahí. Un botón, discretamente oculto en el suelo, espera ser pisado para activar un panel de virio a prueba de balas que protege el área marcada.
La doctora sigue intentando hacer reaccionar al niño, ajena a que el peligro no solo está presente por lo que de ese papel salga, si no por la veintena de armas apuntando al centro del recinto.
—¡Alan, Alan reacciona! ¡Alan!
—¡Tómelo y tráigalo! ¡¿No escuchó al comandante?! —Pedrelli intenta hacer entrar en razón a la Doctora. Alan no volverá en sí, no hasta que esa “cosa” salga.
Jassica por fin entiende lo peligrosa que se ha tornado la situación.
El lápiz se mueve, la pluma del Doctor igual, también la pluma de la Doctora. Ellos se miran, nadie esperaba eso.
—Coronel… serán tres…
**¡¿Cómo dice?!**
Las libretas vuelan de las manos, aterrizan debajo de la mesa, arrancadas de las manos de los aterrorizados catedráticos. Las plumas no se han separado ni un milímetro del papel, siguen delineando figuras abstractas sobre la hoja.
**¡Repita, Pedrelli!** El Coronel.
—Serán tres… tres entes…
**Dios se apiade de nosotros… ¡Salgan de la línea de tiro! ¡Fuego a discreción!**
La doctora apenas tiene tiempo de arrastrar al muchacho por sobre la mesa, lo abraza y se lanza al rincón donde Pedrelli espera.
El sonido de las ametralladoras es ensordecedor, el humo de los disparos rápidamente llena la habitación.
**¡Alto el fuego, alto el fuego!**
Una grisácea niebla cubre la visión, los extractores limpian tan rápido como pueden... el metálico gruñido otra vez. Una hoja negruzca corta el aire; traslúcida, de ese extraño material que no parece pertenecer ni poder quedarse en este mundo. La pared derecha de la habitación es abierta por la mitad, el metal no es rival para ese extraño compuesto que parece deshacer lo que toca. Pedrelli logra arrojarse al suelo, tomando a la doctora y al niño. La mitad de los soldados caen partidos a la mitad, la otra mitad logró apartarse del corte; no importa, de todas maneras esto recién empieza.
**¡Fuego!**
El coronel ya puede ver la escena, el humo casi desapareció. La bestia es enorme, pero ligera como una pluma; está de pie sobre la mesa. Su forma es extraña, parece una mantis, pero con cabeza de escarabajo rinoceronte. Sus larga zarpas abren la pared nuevamente; los soldados están lejos, abren fuego nuevamente.
**¡Pedrelli, ¿Dónde están las otras…?!** Ya las vio, debajo de la mesa.
Una gran serpiente, con el largo de su cuerpo segmentado; avanza en dirección al niño y los Doctores.
La otra es pequeña, del tamaño de un puño, semejante a una medusa, con largos tentáculos que salen de todos lados. Flota, sin alas.
La serpiente se abre paso entre los disparos, atraviesa el vidrio como si este no estuviese ahí. Se levanta delante de los tres individuos; ellos están en el suelo, rogando por sus vidas.
Su chirriante sonido hace que ellos se tapen los oídos, pero no ataca, está ahí, mirándolos.
—¡¿Qué eres?! —pregunta el Doctor. No puede dejar de mirarla, es como ver un trozo del universo; sus pequeñas partículas flotan y desaparecen, reaparecen y se agitan antes de irse otra vez. Es atemorizante, pero a la vez hipnótico.
No hay respuesta, la serpiente se retira, el muro izquierdo está destrozado. Los soldados no pueden más que retroceder mientras las criaturas destruyen todo a su paso.
Dos tremendos estallidos se suceden detrás del muro derecho, donde la medusa ha entrado; son granadas de mano.
No ha terminado, en la mesa las plumas siguen dibujando frenéticas.
**¡Salgan de ahí, en este instante! ¡Debemos hacer volar el lugar!**
La voz del Coronel se escucha desesperada, sus hombres mueren, y más criaturas vienen. La situación se ha salido de control.
El Doctor activa el botón, la placa se repliega, corre tan rápido como los pies le permiten, arrastrando a la mujer y al crío. Corren hasta el vehículo y acelera para alejarse del lugar.
Los estallidos son numerosos; los gritos casi son igual de sonoros.
Casi diez minutos de tiroteos y explosiones continuas, pero al final el silencio se apodera de las instalaciones militares…

—Nueve criaturas, Doctor, y el niño siquiera estaba cerca. Setenta y tres bajas, con personal ejecutivo entre los soldados…
—Confirma mis sospechas, estas criaturas poseen habilidades psíquicas, al igual que Alan. Parece que pueden comunicarse con él por medio…
Un golpe seco y el Doctor cae al suelo.
—¿Lo sabía? ¿Me está diciendo que lo sabía, y aún así permitió que sucediera? —el Coronel está furioso, habla entre dientes que rechinan por la fuerza con la que están cerrados.
La doctora Stroud no hace más que mirar, la experiencia ha sido traumática para ella, nunca había visto algo semejante.
Pedrelli se limpia la boca, la sangre sale a borbotones por el corte en su labio inferior.
—Si le hubiese dicho lo que había descubierto, no me habría permitido continuar… y no llegué hasta este punto para que un patético remedo de soldado me detenga. Estoy ante un descubrimiento que revolucionará el mundo entero. Pero a usted sólo le preocupa la pérdida de un par de soldados desechables.
—¿Desechables? ¡Cómo se atreve, ellos…!
—Ellos son prescindibles, Coronel —se incorpora, desafiante—, como los niños que sacrificamos en nombre de América. Ya cruzamos esa línea, Coronel, no daré un paso atrás ahora ¡No ahora que estamos tan cerca!
—Ha perdido el juicio.
—Quizá, pero no seré recordado por una matanza inútil. Seré recordado como aquel que salvó a los Estados Unidos de América de la Unión Soviética. Seré recordado por descubrir el paso a una nueva dimensión.
El coronel abre sus ojos, no puede ocultar la sorpresa. Aunque tenía sospechas, la confirmación de tal hecho es impactante de igual manera.
—Sí, como oyó. Ese niño, tiene una mente tan poderosa, que trasciende  nuestra realidad. Sus ondas cerebrales pueden viajar más allá del velo que nos separa de otrosmundos, otras dimensiones. Puede comunicarse con estas criaturas en su dimensión, y traerlas a nuestro mundo —toma asiento, saca un pañuelo de su bolsillo y limpia la herida—. He estudiado cada movimiento de ese chiquillo, cada reacción, cada acción, cada palabra, sus gestos, miradas ¡Todo! No es esquizofrenia, no son personalidades múltiples, son entidades pertenecientes a otro plano. Y al igual que él, se comunican y se mueven con el poder de sus mentes.
—No podemos seguir con esto, las instalaciones fueron destruidas por esas criaturas. No hay forma de detenerlas. Las pruebas deben cesar.
—No, necesito saber si el muchacho es capaz de controlarlas, no podemos extraer el gen sin antes saber si es posible controlarlas. Aunque aún sin control, son un arma devastadora. Deme un poco más de tiempo. Un intento más…
—No pondré más vidas en riesgo, Doctor. Esto termina hoy. El gen no es viable, esta arma pone en riesgo toda la humanidad. No sabemos qué puede entrar a nuestro mundo, una criatura que no sea vulnerable, es todo lo que se necesita para que el mundo sea destruido por estas cosas. ¿No lo ve? No son capaces de razonar, solo atacan, no toman prisioneros, no hacen distinción entre soldados y civiles. Todos nosotros somos el enemigo para estas cosas.
—Todos menos el niño, la serpiente pudo matarnos, pero se detuvo al ver a Alan en nuestros brazos. Él es la clave, puede controlarlos.
El coronel se quita el gorro y el cinturón con su arma, los deja sobre su escritorio. Camina hacia su cómoda; se sirve un vaso de whisky.
—¿Y qué sugiere que hagamos?
La Doctora Stroud recapacita.
—¿Bromea? No puede haber más pruebas, esto es inhumano. Esas bestias, nos masacraron, controlarlas no será mejor, cuando una se escape de nuestro yugo, ¡se volverá en contra nuestra! ¡Es una locura! ¡Daré aviso al…!
Un disparo; la mujer cae al suelo sujetándose le vientre. Es el arma que el Coronel dejó sobre el escritorio la que provocó la letal herida.
—No seré recordado por una matanza inútil, ni detenido por una mujerzuela que no soporta ver algo de sangre —otro disparo—. Prevaleceré en los anales de la historia como el que conectó dos realidades. El descubrimiento más grande de toda la historia.
La sangre se derrama en el suelo, un manto color rubí que cubre el linóleo.
—Este barco ya zarpó, Coronel, puede viajar conmigo o saltar por la borda. Decida por favor.
El viejo bebe sin mucho pesar por la mujer muerta en su oficina. Ni se inmuta al ver que el Doctor Pedrelli le apunta con su propia arma. Asiente con la cabeza y le ofrece un trago al Doctor. Llegaron demasiado lejos para detenerse ahora.

Cap 3:


Capítulo 3:

Desde el alto pedestal de la cordura, ¿quién puede realmente afirmar que debajo, los insanos, no logran nada? Las puertas que sus mentes abren, las posibilidades que solo ellos vislumbran, los caminos alternos que los guían a lugares prohibidos e invisibles para aquellos que conservan el juicio. Son ellos los verdaderos dueños del avance, del progreso. Son quienes conectan nuestra realidad, con lo imposible. Sus mentes lo hacen visible; sus manos lo hacen realidad…
¿Qué tan malo es estar loco realmente? ¿Habríamos llegado tan lejos sin ellos?

Dr. Pedrelli Adriano - Feb/1958
——————————————————————————————————————————

—Los análisis finalmente revelaron lo que ya suponíamos. El material no aparece en la tabla periódica de elementos identificados en este mundo. Y no puede ser retenido en este plano una vez separado del anfitrión... apenas logramos obtener esos resultados, aspirando todo lo posible de los cuerpos de los nueve "Sujetos" que pasaron a través del umbral…
Pedrelli deja evidencia de todo en un maltratado grabador portátil, como los que usan los espías. Ese invento no será comercializado hasta dentro de varios años, de momento se reserva sólo para uso militar y espionaje.
Ya no usa libretas, no saben cuantas criaturas hay del otro lado, no pueden arriesgarse a dejar que un número indefinido de estas pasen, podría ser el fin.
Revisa sus notas, leyéndolas todas, grabándolo.
Las cintas de video aportan más pruebas que los meticulosos pero fugaces análisis de las efímeras partes obtenidas de los "Sujetos". Revelan un orden, una comunicación mediante un idioma que no puede ser grabado por los micrófonos.
—El sujeto número 3, la serpiente, reacciona ante un llamado efectuado por el sujeto número 2, la mantis. Al abrir el muro, hace un movimiento con la cabeza, es una señal, estoy seguro. Pero la serpiente está mirando a Alan en ese entonces, no pudo ver esa señal, tuvo que haber oído algo. Presumo, dados los acontecimientos que suceden a ese momento, que es él quien controla ahora las plumas, y dibuja, liberando a más "sujetos"…
—Extraño nombre ha elegido para esas cosas. "Entes" sería más apropiado — el Comandante irrumpe en el estudio del Doctor.
—Buscaba algo menos usado. Venga, observe. La mantis, fue la que siguió el trabajo de Alan. Estas criaturas poseen capacidades similares a las del muchacho. Quizá, sean estas mismas criaturas las que ocasionan este trastorno en los seres humanos.
—¿A qué se refiere? Ellos no pueden…
—Claro que sí, piénselo por favor. Los humanos no poseemos tal poderío, no está en nuestra naturaleza. He seguido el progreso, mejor dicho, deterioro, de la salud del niño —toma una de sus libretas—, cada vez que Alan entraba en contacto con estas criaturas. Quizás podemos hacer unos pequeños actos, pero nada semejante a esto. Las criaturas deben comunicarse con los más aptos para canalizar este "don" y los usan.
—¿Usarlos para qué? Qué podríamos tener nosotros que ellos deseen. Con ese talento, poder crear lo que deseen solo imaginándolo…
—Ahí, justo ahí… el deseo, la imaginación… los humanos tenemos un sentido de la creatividad asombroso, único en el reino animal. Es el poder de nuestra mente, el de crear aquello que no existe, soñarlo, imaginarlo, proyectarlos con nuestras ideas.
—¿Sugiere que estas criaturas carecen del uso de razón?
—Al menos en el sentido en que nosotros la interpretamos. Tienen formas de comunicarse, de hacerse entender, pero son primitivos. Poderosos, sí, pero en comparación a nuestra mente, a nuestra forma de usarla, están tal vez a millones de años de evolución de nosotros.
El Comandante se sienta, rasca su barbilla, las semanas de tensión y descuido personal han dejado una barba notoria en su rostro.
—Nos necesitan.
—Despertamos su curiosidad, nuestras mentes deben parecerle herramientas poderosas. Estos "Sujetos", quizás nos vean de la misma manera que nosotros a ellos.
—Armas… —el Comandante se levanta, turbado—. No, esto no está bien. Entonces, estos seres…
—Creo que lo ha comprendido, Comandante. Están haciendo lo mismo que nosotros, experimentan con nuestros telépatas. En las dos ocasiones en que han entrado, destruyeron todo, excepto al muchacho. No son tontos, estaban apartándolo del resto de nosotros, intentando crear un ambiente controlado y tranquilo, para posteriormente buscar el modo de poder hacerse con un psíquico. Hacerlo pasar por el umbral hacia la otra dimensión.
—Es una locura…
—Sí, es nuestra demencia lo que a ellos les causa fascinación. Lo que podemos hacer, ver, oír; crear un universo dentro de nuestras mentes, y destruirlo con solo un pensamiento…
El estridente chirrido de un nuevo sujeto desgarra el aire. El sonido de la alarma confirma lo más temido.
—¡Han regresado!
El Comandante y el Doctor intercambiaron miradas de sorpresa, ninguno esperaba un acontecimiento tal.
—¡Ese condenado niño!
—No es su culpa, son ellos… ¡Deprisa!
Ambos salen por la puerta como una ráfaga; la habitación del niño no está lejos. Ya se oyen disparos. Nadie dio la orden, pero tampoco es necesaria. Las instrucciones de los guardias apostados en la puerta del niño son claras: “abrir fuego contra cualquier cosa que no sea de este mundo”.
Llegan, pero no hay mucho que se pueda hacer, hay una criatura bloqueando la entrada; es diferente. Sus facciones parecen las de un lagarto, pero camina en dos patas, la larga cola le sirve de contrapeso para erguirse. Tiene algo en su mano izquierda ¿Es un escudo?
Los soldados abren fuego, un nuevo grupo ha llegado, las balas desaparecen al contacto de esa placa adosada a la mano izquierda del animal. La salvaje bestia se abalanza contra el destacamento; sus zarpas abren el aire al pasar, y los cuerpos de los desdichados que están delante suyo. El sujeto Nº11 es imparable ¿Cómo obtuvo ese escudo?
Pedrelli y el Comandante toman ventaja del sacrificio del pelotón y entran en la habitación. La visión es inconcebible: Alan está suspendido en el aire, de pié, detrás suyo, un vacío negro como el alquitrán.
—Fascinante… Lo han logrado… La mente de Alan, puede canalizar todo el poderío de estas criaturas, y mantiene el umbral abierto.
Pedrelli se acerca con cuidado, su mano extendida va en dirección al portal.
—¿Qué haces? —el Comandante lo aparta—. Sabes lo que hay del otro lado, será tu muerte. Toma al muchacho, debemos alejarlo, cortar el nexo.
El niño parece estar clavado a una pared, no hay forma de moverlo. Tarde lo advierten, pero el lagarto ha regresado. Un chirrido metálico lo delata, seguido de un zarpazo contra el Coronel. Cae gritando, mientras sujeta el muñón que antes era su antebrazo y mano derecha.
Pedrelli se aparta, aún tiene la libreta en la mano, recién lo nota.
El lagarto parece mirarlo, aunque es difícil de determinar, estos entes no tiene bien formadas las facciones faciales, son rasgos muy básicos, solo puede determinarse el posible rango de visión por la dirección e inclinación de su cabeza; está mirando la libreta.
—¡Atrás bestia! —amenaza—. Sabes lo que es esto, sabes lo que somos capaces de hacer con algo así, ¡nosotros les damos forma! ¡Ustedes no son nada!
El lagarto gruñe; rápido como un rayo sus garras arrebatan la libreta de la mano del Doctor, junto con tres de sus dedos. El papel se deshace en las manos del monstruo. El Sujeto Nº11 se acerca y toma al jadeante Doctor con su mano izquierda; es sólida, a diferencia del resto de su cuerpo. Lo levanta y prepara su otra mano para atacar.
El portal fluctúa, como el latido de un corazón; una y otra vez, más y más rápido, tiembla y se detiene por completo. La bestia voltea y emite un grito férreo, tan fuerte que Pedrelli se lleva las manos a la cabeza, intentando detener ese penetrante sonido que le taladra los tímpanos.
Alan cae de bruces al suelo, el portal se está cerrando, pero no es le fin, no aún. Un último ente logra atravesarlo, el Sujeto Nº 12.
Pedrelli no da crédito a sus ojos, es el garabato de un niño, el dibujo de una persona; palillos para su cuerpo y miembros, un simple círculo para su cabeza. Absorbe el portal al salir de él, todo el material se suma a su figura, se hace más consistente, más “humano”.
La bestia deja caer al Doctor, su nuevo objetivo es el humanoide. Ataca usando sus zarpas, pero no hieren más que el aire, estas atraviesan el cuerpo del Sujeto Nº12 sin causarle daño alguno. Golpea con el escudo, su parte sólida, pero el oscuro ser fácilmente evade el golpe; es ágil. El sujeto Nº12 flanquea a la bestia y, ante la mirada estupefacta del Doctor y el Coronel, sus manos se convierten en armas: una espada en cada brazo.
El primer corte es tan rápido que una estela de oscuridad es la única evidencia del movimiento efectuado. El lagarto no emite sonido, quizá no sienta dolor, pero ha perdido el brazo que sostenía su escudo. El material no se disipa esta vez, sino que es absorbido por el Sujeto Nº12. La bestia baja su otra mano, ¿Se rinde? El humanoide ataca con ambas manos al pecho de su oponente, lo atraviesa de par a par, y la criatura se desvanece; todo su material es aprovechado por el Sujeto Nº12.
Pedrelli se levanta, aprieta con fuerza la mano herida contra el cuerpo. Se dirige hacia Alan, que yace inerte sobre el pavimento.
—¡Alan, controla a esa bestia! ¡Alan!
Se acerca lo suficiente como para poder tocarlo; no respira.
El sujeto Nº12 se abalanza sobre el Doctor. Las espadas se hacen manos. Su cuerpo entero es sólido, puede asirlo con facilidad. Lo levanta y lo acerca a su rostro.
—Qué deseas… no soy psíquico, mi mente no tiene el poder de Alan, no puedo ayudarte a abrir de nuevo el umbral…
El homínido lo deja caer.
—¡Doctor!
—Tranquilo, este es diferente…
El sujeto Nº12 mira a Alan, lo voltea; el niño está muerto.
—Puedo encontrar a otro como él… Solo, solo no te vayas… quédate con nosotros, podemos ayudarte. ¿Puedes entender lo que te digo?
El sujeto Nº12 no parece prestarle atención, está observando a Alan detenidamente. No parece gustarle lo que ve; sus partículas se aceleran, colisionan entre sí, comienza a resplandecer.
—Intenta destruirnos, generará una reacción en cadena, ¡detenlo! —El coronel no espera, actúa de inmediato, toma un arma del suelo y dispara. Las balas no hacen mucho efecto sobre el cuerpo, el sujeto Nº12 es mucho más resistente que su antecesores. Pero logra distraerlo, atraer su atención sobre él, lejos del cuerpo del muchacho, y con eso, detener el ataque que estaba preparando.
Los refuerzos llegan, una batallón de soldados fuertemente armados. Abren fuego con ametralladoras de gran calibre; el monstruo lanza un metálico grito que estremece los cimientos mismos del establecimiento. Todos caen al suelo, aturdidos por el sonoro ataque. Luego escapa por un ducto de ventilación; puede modificar su forma con suma facilidad.

Una semana después.
—Informe, Capitán.
*Sin novedades, Coronel, no hemos podido dar con nuevas pistas desde hace dos días*
—Sigan buscando… —Miller corta la comunicación, está frustrado, pero a la vez aliviado. Si no hay pistas, es posible que la criatura se haya debilitado, quizá, con suerte, incluso desaparecido de este plano.
Pedrelli sigue con sus investigaciones, a espaldas del gobierno.
Alan se declaró muerto el 16 de Febrero de 1958; motivo: paro cardiorespiratorio. El esfuerzo de su cuerpo por abrir el umbral, fue demasiado para su tierna edad. Simplemente, no estaba preparado.
Las grabaciones, y todos los resultados de los estudios fueron confiscados y ocultados pocos días después. El personal menos calificado fue "silenciado" permanentemente. Al Dr. Pedrelli se le relevó de su cargo como encargado del Pabellón N, y transferido a una nueva instalación: un simple Hospital; con un proyecto casi ridículo, con poco presupuesto y sin personal a su cargo, ahora es un simple subordinado. Un buen castigo.
La división de Miller, junto con toda la instalación, fue cerrada definitivamente; aún así, se le concedió un ascenso, por su valor y dedicación en el proyecto; ahora es Coronel**.
Miller toma el teléfono, marca un número que ya ha discado varias veces en los últimos días.
—Doctor, seguimos sin novedades, ¿Y usted?
—Las copias que me dio, fueron muy útiles, le agradezco mucho "Coronel".
—No haga mofa de mi nuevo rango, puedo detectar el sarcasmo bastante bien.
—No planeaba disfrazarlo, lo hice adrede —ríe—. Necesito que venga a la pocilga a la que el gobierno me destinó. Iría a visitarlo, pero no tengo medios de movilidad… me han quitado todo…
—Aún respira, Doctor, es más de lo que se puede decir de muchos de los asistentes que trabajaban para usted en las antiguas instalaciones. Debería estar agradecido.
—Claro… Gracias por arruinarme la vida "Coronel"… Venga cuanto antes, lo espero.
El viaje es de casi una hora en helicóptero. El hospital tiene helipuerto en la azotea; es más de lo que esperaba Miller, teniendo en cuenta que toda la culpa del fracaso de la operación recayó sobre los hombros del Dr. Pedrelli y la difunta Dra. Stroud.
El Doctor está en el laboratorio, solo, ya no hay asistentes que se queden hasta tarde solo porque él lo ordene. Ya no es tan influyente.
—De qué se trata, afuera todo está muy tranquilo últimamente, esa bestia debe haber muerto. Da igual lo que haya descubierto, no reabriré las investigaciones por usted. Cometí un error al enviarle esas copias, esperaba que la criatura regresase, pero no fue así.
—Cuando el Sujeto Nº12 me sostuvo, me miró… ¿lo recuerda?
El Coronel asiente, mira a Pedrelli, se lo ve muy exaltado, emocionado.
—Me analizaba… Pude sentirlo, aquí —se toda la sien con el dedo índice—. Pero estaba seguro de lo que estaba haciendo, no en ese entonces..
El Coronel se acerca, tiene su única mano sobre la pistola. Sus escoltas se alertan, pero mantienen su armas en posición de descanso.
—Qué sacó de su mente, usted sabe mucho, Doctor… ¿Qué le dio a esa bestia?
—Eso es lo más fascinante, "Coronel" —otra vez el tono burlesco—, al igual que el gobierno, que le dio galardones mientras a mí me relegaba a este basurero, tachándome de incompetente, haciéndome responsable por todo…
—¡Todo fue su culpa, Doctor!
—… Él me dio un regalo…
—¿De qué habla?
Pedrelli alza sus manos, en la derecha, donde la criatura lagarto había arrancado tres de sus dedos, estos están ahí una vez más, como negras masas de oscuridad; tal como el Sujeto Nª12.
Los escoltas apuntan, pero es demasiado tarde, de la mesa del laboratorio los objetos salen volando a toda velocidad, incrustándose en los cuerpos de los dos soldados; matándolos en el acto. El Coronel retrocede, no se atreve a desenfundar.
—¿Ya lo ve? A mí también me recompensaron por mi valentía y esfuerzo en el Proyecto Soldado Psíquico, "Coronel".
Un pequeño espasmo del Doctor, y la mesa entera es lanzada sobre Miller, aprisionándolo contra el muro.
—Es solo una muestra, Miller. Cuando encuentre al Sujeto Nº12, y me haga con su material, su cuerpo y esencia… entonces seré capaz de abrir nuevamente el umbral. Soy mucho más resistente que Alan.
—¡Te has vuelto loco!
—No… resulta que siempre lo he estado…
La mesa presiona más, el cuerpo del Coronel se escurre entre gritos ahogados en sangre.
—Hasta nunca, "Coronel"…

Fin?

Inactivo
Shinan
Shinan

Mensajes : 2805
Fecha de inscripción : 30/10/2015

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.